domingo, 5 de febrero de 2017

Cómo le miras...

Cómo intentas que tenga el más amable de tus esmeros, tu perfecta delicadeza o hasta el último de tus miramientos.  Cómo procuras que le parezca sólo una perfecta pesadilla este funesto juego.  Tú tan atenta del más diminuto de los detalles, como siempre, como toda la vida juntos, como te criaron, como realmente eres.  Tan envidiable.  Como decía, intentas que tenga su primavera en febrero, que de entre tanta lluvia no le falte su vaso de agua para determinados mal tragos, secándole hasta la más vigorosa de sus tormentas. Cada vez que os visito sale al quicio de la puerta para preguntarme con sus ojos preocupados, manos temblorosas auto abrazándose que realmente cómo estás, esperando de mí que le diga que te vas a poner bien. Yo creo que ella daría hasta su última gota de sangre por la tuya, que me la malvendería por escuchar "Lo vamos a curar". Lo peor es que no puedo consolarle con esto último.

Yo desde mi bata blanca, con su historia cínica en mano lo veo. El personal de limpieza, auxiliares, enfermería...todos lo vemos.  Menos tú, claro.

Me encuentro junto a los pies de su cama, apuntando si evoluciona o involuciona sobre sus huellas, mientras tú le coges la mano y le miras, él no. Todos los días, él no. Y lo siento, pero de entre tanto signo clínico me quedo con este. Me recuerdas al más tierno de mis orígenes, al abrazo de algún familiar, al consuelo de una madre o la dedicación de cualquier abuelo. Me sobrecoges y en vez de apuntar qué tal su auscultación me apetecería dejar refrendado en cada línea tu entrega. Pareces una fuente inagotable de cariño o una especie de donante de entrañas y lo reconozco, me da rabia. Me da rabia que él no palpite por ti y más aún, que probablemente nunca lo haya hecho. Espero equivocarme, pero probablemente jamás se haya parado a pensar de lo rico que ha sido todos estos años, de lo bien acompañado y cuidado que ha tenido su alma o que simplemente...jamás haya leído tu cara, en braille o en verso, me da igual.  Espero volver a equivocarme, pero desde mi disfraz de medicucho, veo a una persona egoísta contigo, una especie de vampiro sentimental, un jerarca, un caudillo yonkie de subordinados, perdón, subordinada. Me gustaría gritarte para que despertaras pero a la vez sencillamente te abrazaría. Te crearía otro mundo, otro escenario donde tu papel fuese de actriz principal o donde fueses una solista reconocida. Te volvería a gritar pero es que también te hablaría al oído susurrándote lo que te admiro.

Ha pasado buena noche, menor sensación de falta de aire, come bien, empieza a levantarse... reajusto tratamiento: simplemente mírala.

Vuelves a salir al quicio de la puerta para hablar conmigo a solas, para que actúe como una especie de anestésico en tu desasosiego y entonces lo entiendo todo.  Me da aún más rabia. En este momento te cogería de la mano, te pararía el primer ascensor, al más rápido de los taxis y le pediría que te llevara lejos.

También entiendo que jamás aceptarías, pues pese a todo, seguirías fiel a tu naturaleza...

Permíteme entonces que yo te recete sólo estas letras...


martes, 31 de enero de 2017

Pongamos que todo empieza una noche, o una tarde... perdón, o con una "L" bien grande a la espalda, pues yo tan novato y tú tan frágilmente inalcanzable.

Imagina que una tarde me da por entenderte una cita, sin ser yo el actor principal, aunque persiguiendo ese papel con ese guión que terminara en un "escribiendo" a los pocos minutos.  Ahora quiero que imagines que a partir de un punto y final comenzaría un inicio, con una historia de sólo comas y por no tener, no tendría ni puntos suspensivos.  O sí, sólo si me miraras.
Pongamos que efectivamente me miras...

O pongamos que a partir de ahí eres palabra, palabras, frase, frases, día, días, noche, noches, escapadas, escapadas de fin de semana, de fines de semana, que eres Granada, Málaga o hasta la mismísima Almería, pongamos que con tu norte me harías no perder mi sur o que eres un musical donde terminan matando a Tenorio...donde yo terminaría claudicando, donde el que vivía en un mar de madrugadas termina durmiendo o donde el ladrón es cazado y el cazador es robado.  Imagina que te da por convertirte en un Buenos días o Buenas noches, en un ¿Qué tal el trabajo?, en una sonrisa vestida de verdadera sonrisa, en una especie de curva de Gauss de la felicidad donde el límite sólo lo pondrías tú; suponte que me das la mano por la calle y me gusta, que me donas un beso y me encanta, que me vuelves a mirar y...
Imagina que terminamos viendo un cabaret en nuestro escenario, sentados sin palomitas el uno al lado del otro y que nos da por imaginarnos robándonos. Imagina que me adoptas en tu boca y que "libertad" pasa a ser en mí tan sólo una palabra más para echarte de menos. Hoteles con cien mil estrellas donde me preguntaría cómo engañé a aquel cupido para que diera en tu diana; o mejor, donde Grey sólo sería cincuenta sobras. Ahora pon que otra de esas tardes, vamos al cine y no pasa un minuto de ese bodrio de película con argumento de final perdiz, en el que agarraría con fuerza tu mano.  ¿Para qué? Demasiada nostalgia sin ella.

Aún no abras los ojos, quiero que sigas imaginando.

Imagina que yo jamás te regalaría una camiseta barata o un ramo de rosas flojas, que nunca te daría clases, porque soy alumno de todo y maestro de nada; tan imperfectamente perfecto. Pon que en vez de eso, no dejaría que me escribieras en tu diario, demasiado pasado para alguien que quiere tanto futuro. Que no existiría ningún pasado, sólo un presente pluscuamperfecto y un futuro lleno de...

Perdona, tu mirada...

Pongamos que finalmente mi verde conquista a tu verde más verde sin caer en manidos piropos. Que me pierdo y te regalo las miguitas, que truco la cerradura pero te fabrico la llave maestra, que te regalo cada rincón de mi puta coronaria pero sorprendentemente late más fuerte que nunca... que eres un te echo de menos constante o un te quiero jodidamente permanente...

Y de tanto imaginar o suponer...

Imagina que tengo una idea...


...Un Nosotros...

lunes, 27 de junio de 2016

Cuántas noches pensando, imaginando, creando...en definitiva pidiendo.  Y por pedir, que no quede ¿Verdad?

A veces, pedimos y pedimos grandes cosas, pero no nos paramos a pensar, mejor dicho, a valorar los mínimos detalles que ya tenemos y que "tapan" nuestros grandes huequecillos de felicidad.  Estos años atrás he aprendido a valorar (si cabe aún más) esos pequeños gestos gratuitos, invisibles que los demás tienen contigo.

Y es que, yo por pedir, pedí una sonrisa tuya dedicada, pedí una mirada asustadiza de un "me gustas", una caricia, pedí una pequeña carantoña, un mordisco, te pedí que me pensases en una canción, que hasta la última neurona de tu memoria se acordara de mí, pedí que tu "en línea" fuera un "escribiéndote", pedí un insulso "me gusta" pegado en mi puto muro, te pedí un mísero hasta luego con sabor a ya te echo de menos, y por pedí seguí pidiéndote más.  Te pedí que escucharas mis quejas, mis sollozos, mis enfados, mis pequeños logros, mis profundidades y pedí no aburrirte con todo ello; pedí seguir siendo espontáneo, mágico, pedí seguir estando a tu altura y que nunca me vieras sin ilusión.  Pedí por tu felicidad, pedí porque se hiciera realidad hasta el más pequeño de tus sueños, hasta reconozco que pedí por mi egoísmo para que desearas verme en alguno de ellos.  Pedí para seguir oliendo tu único perfume, pedí para que se quedase impregnado en mi almohada, en mi piel, en mis manos y hasta pedí porque lo pudiese tocar una y otra y otra vez. Pedí que tu fuente de deseo nunca se agotase, pedí una especie de buffet libre en tus labios, pedí tu flequillo, pedí conducir cada una de tus curvas y hasta me atreví a pedir que me dedicaras, aunque sólo fuese una sístole de ti...no te preocupes, yo me encargaría de la diástole. Pedí que no me abandonaras en mis lágrimas porque de mis carcajadas serías la dueña, pedí como si no hubiese un mañana sin ti, pedí que me dieses la mano, pedí que te sentaras a mi lado, que me mirases mientras me quedase dormido, te pedí en mis sueños.  Pedí la luna, el sol, el mar, la tierra y el aire para ti, tranquila, algún día te lo traeré todo.

Pedí para que nadie fuera capaz de mirarte como yo, que nadie lograse descifrar tus ojos y labios y pedí para que ningún otro te entendiera como yo. Pedí para que jamás me borrases de ti.

Pedí que nunca dejara de ser yo.

miércoles, 20 de enero de 2016

- ¡Pase Juan! -dijimos al unísono-.

Él miraba tímido a través de la puerta entre abierta, indeciso desde el pasillo. Nosotros le invitábamos desde la consulta (servicio de oncología).  Juan tenía unos 50 años, estatura media y con la típica curva abdominal que (por desgracia) desarrollamos los hombres con los años; vestía americana marrón, camisa oscura y pantalones vaqueros.  Un hombre que transmitía seguridad y sobre todo, mucha formalidad, un gracias, por favor, perdón o de nada.

- ¿Se puede?
- ¡Sí, pase! -volvimos al unísono-.

Entró saludando con la mano a media altura, acompañado con una sonri…perdón, con un atrezo de sonrisa.  De esas que sueles intentar, de esas que los ojos traducen, contradicen y terminan por desvestir la tristeza.  Juan no era un paciente oncológico, era un familiar de una paciente oncológica, o mejor dicho, el familiar más especial de esa ex-paciente oncológica.  Tras unos cinco pasos, dejó el abrigo en una de las sillas de la consulta y se sentó en la de al lado.  Acto seguido, miró a la doctora y a la enfermera y volvió a esbozar su atrezo de sonrisa.

En esa habitación estábamos la doctora (una eminencia especialista en oncología pulmonar), una enfermera del servicio (otra eminencia de la enfermería centrada en oncología) y yo (un intento de esbozo de borrador de croquis de neumólogo).  Me encantaría que lo imaginaseis, es importante, dos sillas frente a una mesa típica de médico donde se sientan los pacientes/familiares, y al otro lado, otras tres sillas donde estábamos (empezando por la izquierda), la doctora, yo y la enfermera.  Ambos tres vestidos con el pijama reglamentario del hospital, sólo con la diferencia de que ellas iban de blanco y bata y yo de verde y bata, nada más.  Ambos tres llevábamos fonendo, ambos tres portábamos un cuadernito para apuntar “nuestrascosas” y ambos tres teníamos el bolígrafo o los bolígrafos pinzados en el bolsillo superior de la bata.

Tras unos largos segundos de cruce de miradas, de nosotros hacia él y de él hacia nosotros…

- ¿Qué tal estás Juan? -Voz cálida y pausada de mi doctora-.
- Pues no muy bien doctora…-esta vez, su atrezo empezó a desmoronarse, empapado-.

Él arrancó a llorar, humedeciendo toda esa seguridad y entereza que parecía portar en el quicio de la puerta.  La verdad, lágrimas desconsoladas buscando ningún camino.  Algunas incluso servían de “zoom”, amplificaban la tristeza en sus ojos marrón oscuro.  Él no intentaba secarlas con las manos con los típicos gestos, sus manos apoyadas en la mesa, paralizadas, parecían derramar lágrimas también.  Tras pocos segundos, tanto la doctora (a mi izquierda), como la enfermera (a mi derecha) lanzaron sus manos buscando a las de Juan. Yo reconozco que me quedé petrificado, desconocía la historia y no me lo esperé.  La enfermera agarró la mano y el brazo izquierdo de él y la doctora la mano y el brazo derecho.  A pesar de ello, Juan seguía derrochando lágrimas.  Ni las palabras de ánimo de ambas, ni las caricias totalmente dedicadas, ni tampoco las súplicas de un “no llores” consiguieron aplacarle el llanto durante unos minutos.  Tanto es así que, ellas también comenzaron a llorar lágrimas con remite allí presente.  Mis compañeras se contagiaron de la pena de aquel hombre, como si al tocarle, se hubiese creado una especie de red de compasión en forma de lágrimas de empatía.  Yo seguía (lo sigo reconociendo) un poco en estado de shock, no podía dejar de mirar a aquel hombre derrotado. 

- Gracias, perdonadme…-Primeras palabras de Juan tras cesar el llanto-.

Mis compañeras seguían acariciándole, una por cada flanco de la mesa, él con la mirada agachada, también derrotada.  La enfermera le recordó que ahora tenía una hija de corta edad por la que luchar, la doctora le animó a ello, esta última le aconsejó que debía apoyarse en toda su familia, la enfermera le animó a ello…la una le daba ánimos, la otra le daba ánimos, la otra le deba ánimos y la una también lo hacía….la una….la otra….juntas….
Poco a poco Juan se fue recomponiendo.

- De verdad, disculpadme, es que entrar aquí me hace recordar todo, todo el esfuerzo que hemos hecho para al final…-pausó, miró al suelo- Pero no podía reprimirme las ganas de venir a agradeceros a ambas, todo el cariño que nos disteis a mi mujer y a mí. Gracias, de verdad…

Yo seguía mirando a aquel hombre derrotado, derrotado por haber sido derrotada su esposa frente al cáncer sólo unos días antes.

Juan se levantó, cogió su abrigo, volvió a mirar a mis compañeras y estas aún con ojos húmedos se dispusieron a darle un abrazo…ambas… Tras ambas muestras de cariño me miró y con un cálido “gracias” me dio la mano.  Después, abrió la puerta lentamente y aquel hombre se marchó, no sin antes, desde el umbral, volverse para de nuevo, dedicarnos una mirada y un adiós.

Ya sin Juan en la consulta, reinó el silencio durante unos minutos.  La doctora cogió un pañuelo para secarse sus ojos (el show debía continuar), le cedió otro a la enfermera que también hizo lo propio.  Ambas se apretaron la mano en señal de “tenemos que continuar, ¡compañera!”.



- Esta es la grandeza y a la vez la injusticia de nuestro trabajo -con voz consternada, le dijo la una a la otra-.
Sí…es una pena…-con voz consternada, le dijo la otra a la una-.


Y ahora disculpadme, pero es que se me ha “olvidado” poner las diferencias entre médicas/os y enfermeras/os…


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Lugar: Consulta de oncología médica.

Varón, 58 años.  Metro sesenta de estatura con sesenta y tres kilos de peso.  Uno coma sesenta y seis de superficie corporal, vestida esta última con camisa a cuadros blancos y azules y pantalón vaquero.  Todo fijado con correa negra de las antiguas y zapatos negros de esos de ir al médico.

- ¡Pase Julián! -le dijo nuestra estupenda enfermera-.
- Con permiso -dijo nuestro paciente, prudente-.

Es un caballero, sin corcel blanco, pero con sonrisa.

Por esas dos palabras, esa sonrisa y la forma de sentarse, ya me caía bien.  Y es que, tenso pero simpático, manos temblorosas pero con gestos suaves, mirada teñida de miedo pero entrañable, respiración levemente taquipneica (que respiraba rápido...) pero sin llegar a perder el aliento.  Firme sobre esas sillas incómodas de la mesa del médico, expectante por ver qué tal vivía el cáncer en su pulmón. Impaciente pero sin llegar a meter prisa.  Y otra sonrisa, pero esta vez ya nerviosa.

Esta es la radiografía de la mayoría de pacientes que entran por una consulta de oncología médica.  Sí, la del médico del cáncer.  De ese médico del que no queremos saber en ningún momento de nuestras vidas, yo incluido.

- ¡Julián! -exclama la doctora entre sonrisas- ¡Todo está y sigue bien! El escáner así lo confirma, el tratamiento sigue funcionando. ¡Vamos bien!

Ahora quiero que imaginéis qué hizo nuestro paciente al escuchar esto.  ¿Creéis que suspiró? ¿Tembló aún más? ¿Lloró? ¿Nos dio la mano? ¿Exclamó de alegría? ¿Sonrió aún más? ¿Se tapó con las dos manos su cara de felicidad? Tranquilos, ya os respondo, la respuesta a cada una de esas preguntas es un "SI".  Un suspiro de libertad temblorosa, aderezada con llanto dulce, como donando lágrimas a la felicidad, felicidad de la de verdad, una verdad escondida en unas manos sonrientes.

Llevo poco más de un mes rotando por el servicio de oncología de mi hospital y he admirado a todos y cada uno de los pacientes que he visto.  No pierden la sonrisa ni aunque les digas que el juego terminó.  Adoro a esas personas que nunca pierden dicho tesoro.  A Julián además, lo admiro por otra cosa más en particular:

- ¡Ay Dios mío! -Masculló entre sollozos- No sabéis cuánta angustia se pasa, cuánta incertidumbre hasta venir aquí, en todo lo que piensas, porque lo piensas cada día...

Ya más entero, prosiguió:

- Tengo a mis hijas y mi mujer, que son lo más importante y yo siempre he sido el que ha tirado de ellas...pero es que con esto... Uno es valiente, pero muy cobarde -Amén hermano-.

Esa última frase es el fiel reflejo del día a día, me sentí tremendamente identificado.  Este hombre estaba reconociendo su "cobardía" ante esta dura enfermedad, pero a la vez, tiene que aparentar cada día ser el de siempre.  Supongo que el faro guía de su mujer y el ídolo de sus hijas, no lo sé, pero me pareció tremendamente sincero y admirable el simple hecho de reconocer que padecía miedo.  Me sentí identificado (salvando las -tremendas- distancias), porque me recuerda a cada vez que voy a ver a un paciente que se pone peor, a cuando me llaman de urgencias, a cuando tengo que comunicar malas noticias, o a cuando sin ir más lejos, tengo que abrirme y comunicar mis sentimientos... Es increíble cómo los pacientes te enseñan y te lanzan moralejas sin querer.

Y es que, uno es valiente pero tremendamente cobarde...

domingo, 23 de agosto de 2015

Ahora que sigo en "shock" por mi última guardia voy a aprovechar y escribirte.  Lo reconozco, te estoy utilizando de pañuelo de lágrimas, ya sean reales o virtuales. Con fines terapéuticos diría yo.  No esperes que suenen bien mis palabras, tras 24 horas trabajando mi hemisferio derecho se encuentra algo marchito y el izquierdo te va a escupir palabras.

Una guardia realmente de sensaciones, de esas que te hacen "evolucionar" como médico, no ya en cuanto a conocimientos (que también), si no de eso que llaman experiencia.  La experiencia es un grado, el diablo sabe más por viejo que por diablo, yo tengo más experiencia que tú (y sé más que tú...)...te lo habrán dicho miles de veces. Vale, bien.  Yo incluso hoy me atrevo a ponerle una letrita indefensa más... experiencia(s).  De mil maneras han comenzado esas experiencias: "Neumo? Mira era para comentarte un paciente...", "Hola mira, te llamo de cirugía...", "Jesús, soy de Interna, ¿te importaría venir a ver un paciente?", "Jesús porfa, tienes otro ingreso y tiene mucho dolor..."... Entre capítulo y capítulo se colaba la publicidad, los típicos cambios de intravenoso a oral y de oral a intravenoso, de subir y bajar oxígeno o de controlar que tu ancianita adorable de la 436 no se quitase la mascarilla...me lleva por el camino de la amargura, pero me quedo embobado cuando me habla.

Hoy he vuelto a toparme con esa que siempre viste de negro, de la que algunos llaman destino y aceptan y otros maldicen y maldicen al que la creó.  Me sigo sin acostumbrar a ello, a ver cómo coge de la mano a un paciente y poco a poco se lo va llevando, lo va apagando, lo va poniendo a cero.  Me sigo sin acostumbrar a ver gente llorar delante de mí, a ver sus caras de angustia cuando les dices que no se puede hacer nada más, que no está respondiendo al tratamiento o que... está muy malito.  Tampoco me acostumbro a cuando en el punto y final, se recomponen y te dedican un gracias más una sonrisa de escaparate.  Qué amargo.  No os podéis imaginar la mezcla de sensaciones que es hablar con una familia destrozada...aparentar seguridad y entereza (eres el médico, por favor) cuando en realidad estás muerto de miedo y quieres llorar incluso más que ellos.  Les abrazarías y las lágrimas serían bipolares.

Lo siento, pero no me acostumbro.  Pero, ¿Sabéis qué? No, no quiero acostumbrarme.  No quiero perder esa "sensibilidad" y que ver irse a un paciente me resulte casi normal... no quiero.  Me niego.  Aunque luego me quede con cara de imbécil y en mi cabeza resuenen mil por qués.

Hoy ha habido un hecho que me ha mostrado de nuevo el lado feo de mi profesión.  Sólo un gesto.
Terminar de "despedir" a una habitación, quitarme los guantes azules de protocolo y en menos de 10 segundos tener que volvérmelos a poner porque otro paciente me requería.  Sin anestesia, sin asimilar lo anterior...en shock.  Me miré las manos una y otra vez para asegurarme que iban a ser otros guantes.

Pese a todo, sigo amando mi profesión.
El show debe continuar.

viernes, 6 de marzo de 2015

La verdad es que no quiero que me quieras. Ni que te enamores. Me aterran las ganas de un "te quiero" o de un "yo también". Que destruyas mis antes de dormir o que te cueles en lo primero del día. Dedicarte mi puta tarifa de datos, con esa puta aplicación, o de gastarme la vista viendo tu "última conexión hace"...hace que empiece a temblar de miedo. No quiero.

Es la típica y tópica historia de siempre, la que pasa sólo una vez. Te crees que sólo tienes a tu luna y a ti, y de repente se cuela una estrella. De esas que titilan, que parecen minúsculamente grandes.  La putada es que esta parece no ser fugaz. O tal vez es que no quiero que lo sea.  Mataría a Copérnico.  Yo ya me había acostumbrado a conducir sin copilota, con mi mano en la palanca del cambio, y cambiando de canal si así encartaba.  Extrañamente, el mando a distancia se debe haber quedado sin pilas y a la palanca del cambio le salió compañera.

Debes estar a unos cinco cuadritos de dedicarte la onda T de mis hasta ahora solitarios trazos, de poner el prefijo "re".  Recíproco.  Esa palabra que tanto buscáis o buscamos y que algunos la perdimos en alguna cruel batalla.  La siguiente putada es que existe la guerra entera para buscarla y encontrarla de nuevo.  Rectifico, miedo a encontrarla de nuevo.  Vértigo sólo con pensar en cambiar a Bukowski por Barreau, o cambiarle la botella solitaria al primero, por el rojo acompañado del segundo.  Acojonamiento al creer que has puesto punto y final a mi historia cínica de antaño escuchando aquella canción, o canciones; apretándote tan fuerte las manos.

No quiero que seas el rojo de mis ojos, ni de ninguna otra parte de mi escueta anatomía.  No quiero amoratarte los labios por los míos, ni decir un "no" para decirte "si", ni tampoco olerte mientras me confieso con la almohada.  Así haces que me pierda...para encontrarte en mi subconsciente.  Y no quiero.  Lo que quiero es que dejes de poner remite en tus sonrisas al mirarme, corro el riesgo de pagar los portes de envío.

La goma de borrar de mi filofobia...

Que no quiero... Que no... Que...Que un contigo, si tú quieres.


Autor:   Anónimo.

viernes, 28 de noviembre de 2014

¿Has caminado por tu habitación a oscuras?
En mitad de la noche, en mitad de la nada. Como si trazases pasos indefensos, torpes, ebrios, apresurados (otros no tanto), huérfanos, gimoteando...tú creyendo que el suelo estaría cálido y al final el atajo resultó ser sobre nieve. Tus manos o brazos buscan, pintan figuras contrahechas, pugnan por tocar la nada, a pesar de tú creer que siempre hubo algo, ese algo.
Seguro que sí. Seguro que has tenido esa sensación de caminar con un fin perfectamente definido, con pies de plomo, con paso firme, decidido a buscar y por supuesto encontrarlo.  De repente se  ilumina tu famosa bombilla y decides dar la luz.  Ahora sí muestras tus cartas, tu mejor as de la manga, a lo que de verdad juegas, decidido, muy decidido pese a tu traviesa timidez. Sacas el brazo en esta ocasión hacia la pared, deseosa de encontrar el puto interruptor. Que se haga la luz, es el momento, pensabas.

Iluso.

En ese punto de tu puta pared sólo había el siempre molesto, típico y tópico, gotelé. Rasposo, frío, inhumano, gélido, carcajeándose de cada poro de tu piel...de ti. Para una vez que te muestras, vuelves a pensar. No importa. Hemos venido a jugar y me conozco el camino (iluso).  Cambias de estrategia, ahora te enfundas un yelmo (por eso de la prevención), te envainas una "espada de cartón" y allá que vuelves al campo de batalla a oscuras, a hacerte el valiente.  Aceleras, seguridad a raudales...nada, otra vez sin interruptor.

Iluso.

Empiezas a pensar que definitivamente ese algo no existe.  Que el interruptor sólo fue un oasis de tus deseos, que por mucho que lo intentes, da la sensación de que te seguirás estrellando contra la pared.  Da igual los pasos a la derecha o a la izquierda que des, lo que aceleres, frenes, enmascares, muestres, sientas, mires, toques, menciones, intentes o exteriorices. No se va a encender la luz.  Da igual que recurras a la luz de emergencia, o esperes a que tus ojos aprendan a ver en la puta oscuridad, estará la pared.

Te pones a pensar a la mañana siguiente. Ya hay luz, masculla tu hemisferio derecho. El izquierdo se lo pregunta. Y tú empeñado en ver la similitud entre tu aventura de la pasa noche con la realidad del día a día.  Tan comparables y entrelazados como la cremallera de tu maltrecha frente.

Buenas noches lector, al final sólo queda reconocer la derrota, felicitar a esa dulce y atractiva nada y volver a tu cama.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Debéis saber algo.

Abres los ojos. Un día cualquiera, o eso meditas con tu despertador. A los pocos segundos (y así es) te asalta tu mente bostezando, "no majo, hoy toca guardia", pues qué bien.
Allá que vas mohíno, mustio, a rendir cuentas al espejo. De lo demás ya te das cuenta cuando son las 15:30 h y encaras el cartelito de "Urgencias Generales". (Tranquilos, la mañana fue bien).

En las guardias te ocurre de todo. Sensaciones y más sensaciones. Lo comentaba esta semana con compañeros "nomédicos", cosas buenas y cosas no tanto.  ¿Y esos casos tristes, no te afectan? Preguntaban. Mucho. Pero inevitablemente, el show debe continuar, pues da igual que en el box 2 atiendas a alguien que está viviendo (probablemente) sus últimos días de vida, que seguro que en el box 15 hay otro paciente que quiere, desea, que te exige (o sino, ya te lo exiges tú) que le atiendas con tu mejor de las sonrisas y que a poder ser...le mires y escuches como nadie.
Esto es así, da igual que esa anciana te recuerde a alguien que marchó al cielo en busca de sus recuerdos, o que aquel anciano tenga la misma gracia que alguien que te cuidó y mimó, debes seguir. No importa, siempre está el baño para llorar. Debes.
Esto ocurre igual contigo mismo, pues con la corta experiencia que llevo como médico, me he dado cuenta de algo realmente importante. Añadir un nuevo epígrafe a la definición de "confianza". Lo es todo para un médico. Es el pulso del cirujano, la esperanza del ginecólogo, la sístole y diástole para el cardiólogo, la saturación para el neumólogo o...en este caso...la entereza para el Residente de primer año (R1). Te enseñan a hacerlo todo mecánicamente, a que 2+2 son intransigentemente 4, hasta que llega el momento en el que, te tienes que parar a pensar que el médico eres tú, y tú decides si son efectivamente 4, ó 3.5 ó 3.9...pero ¡ojo! Hay alguien tumbado esperando que no te equivoques.

Debéis saber algo.

Y es así, en unas guardias tienes la batería de confianza a rebosar y de entre las opciones, marcas siempre el buen resultado, y en otras, por H o por B, o por todo el abecedario, no das una. En el primer caso sales de la guardia (aproximadamente a las 08:30 de la mañana siguiente), creyendo que eres una especie de "superman blanco", de superhéroe terrenal...de lo que sea, pero portador, pese a tus horas sin dormir y tu famosa cara de "saliente de guardia", de una sonrisa que no se te va de los labios. Crees haber salvado al mundo. Te sientes medio orgulloso de ti mismo. El otro medio, para seguir mejorando.
En cambio, está la cruz. Esa otra puta cara de la moneda. Guardias de las que sales clamando al cielo por lo inútil que eres, por lo poco que sabes de medicina, un debería saber por allí, un por qué por allá...un no sé si valgo para esto, si soy lo bastante bueno. Esto último, es lo que te quita eso que hablábamos antes, confianza.

Todo esto, debéis saberlo, es exactamente extrapolable a la vida extrahospitalaria. Unas veces te sientes guapo, sexy, esbelto, atlético, simpático, empático, encantador, capaz de ser el alma de la fiesta, dulce o salado (según lo requiera el guión) y atreverte, a conquistarla.
Por contra...otros días...seguro que lo adivinas. Y por supuesto, no te atreves a conquistarla.

Debéis saber algo, ese o esa que os atiende de blanco en urgencias, siente y padece lo vuestro.
Pero... ¿Cuántos "lo vuestro" crees que lleva ya?

Pese a todo lo negro que te lo he pintado, somos felices por vivir esto de ser médicos. Te lo aseguro.

jueves, 20 de noviembre de 2014

- ¡Espere espere señor! -tú con la hora pegada al culo, como siempre- Muchas gracias, planta 2 por favor.
- A la 2 vamos, hijo. ¿Ya hace frío aquí en León eh?

Un hombre, de unos 70 y medios años, baja estatura. Vestía de chaqueta marrón, de esas que abrigan a la antigua usanza, con una o dos tallas de más. Pantalones verdes, de olvidada pana, bombachos. Botines marrones, que seguramente vivieron tiempos mejores. Colmaba el atuendo una entrañable boina también marrón, de esas con cuadritos de rayas dobles a juego, enternece. Gesto amable, empático, atento, con mirada cálida, perdida en los rincones del ascensor, algo preocupada dije yo.

La mañana circulaba. Yo descubriendo los entresijos de la planta de nefrología, y a la vez intentando conocer a todos los pacientes. Sí, la primera semana en la que estás en un servicio nuevo, digamos que...tu flamante "L" de la parte trasera de la bata, luce más que nunca, grande, brillante con luces de neón. Resumiendo, una especie de pardillo.

Habitación 529. La siguiente.

- ¡Buenos días! ¿Qué tal se encuentra Evelina? -Me encanta hacer esto-.
- Buenos días hijo...pues mira, regular -Voz plañidera, gesto tierno a la par que cansado-.

Me percato de que no estábamos solos en la habitación. Había alguien en el baño. Al instante se abre la puerta y, ¿Adivináis? El ancianín de la boina entrañable era el marido de mi paciente. Curioso. Por supuesto, ya me presenté formalmente, Daniel se llamaba.
Avanzó hasta el borde de la cama y se sentó al lado de Evelina, acto seguido su mano derecha abrazaba la palma de la mano izquierda de ella, al instante, la mano izquierda de él acariciaba el dorso de la de ella.

- Algo no va bien doctor, no veo que mejore...- No era un reproche, era un atisbo de lo que decía su mirada en el ascensor, sólo estaba preocupado-.

La verdad es que en estos meses en León, he podido ver a muchos ancianos en el hospital, con sus respectivas familias. Maridos, esposas, hijos, nietos, hermanas, hermanos...cualquiera, he visto gestos de complicidad, de cariño, de amor, de anhelo, pero, me llamó la atención todo de esta pareja.  Se miraban con ahínco, él le besaba la mano a ella, le temblaban las manos cuando le acariciaba, le preguntaba si le dolía algo más, le imploraba que me lo dijera, me decía que cómo estaban los análisis, si se vio algo en la radiografía, que cuál era el plan...todo con un tono de voz cálido, amable, dulce incluso. Volvía a acariciarle. Volvía a mirarla con gesto de preocupación.
No pude esperar más.

- Cuénteme Evelina, ¿Cuántos años llevan juntos?
- ¡Uuuuuyyy hijo! Toda una vida, desde los 14 años...-esas entonaciones y expresiones de las abuelas-.
- ¿Cuál es el secreto? -la eterna pregunta-.
- Quererse mucho y comprenderse, hijo.
Se miraron. Ella se sonrió y le quitó la cara con gesto suave pero firme a Daniel.
Os admiro.

Al día siguiente, volví a la habitación 529. Sólo estaba Evelina, pues Daniel marchó a casa a por unos enseres. Ahora fui yo quien se sentó en el borde de la cama, quería saber más. No hizo falta mucho para que ella me contara toda una novela sobre ellos, ya sabéis, las personas mayores guardan miles de historias deseosas de ser contadas. Me comentó que al principio sus padres no querían que estuvieran juntos y él saltaba el muro de su casa para verla, que se enfrentó a su padre...él lo tenía claro. Y más actualmente, me contó su anterior ingreso en el hospital, estuvo 3 meses, que creía que no iba a salir de "esa". Se deprimió, echaba de menos su casa, sus nietos, su rinconcito, sus gallinas, su patio...pero que Daniel y sólo Daniel la ayudó a salir hacia adelante. Me contó que se tiró día a día durante esos 3 meses con ella en la habitación, que por las noches dormía en la mecedora (sí, de esas típicas e incómodas hospitalarias) o por contra, que no dormía, sólo pendiente de sus posibles quejidos de dolor. Por más que enfermería le decía que marchase a descansar, él no marchó.
Nunca marchó.
Y así toda una vida.

La verdad es que hasta ahora, mi personal idea sobre el romanticismo sólo estaba definida en mi cabeza, sólo era producto de mi imaginación, intangible, surrealista según algunos...pero con Evelina y Daniel te das cuenta de que existe, de que se puede.
Transgredir, desvivirse, desafiar, darlo todo por ese alguien. Que no se acabe la famosa llama, que siga dando calor, que calcine aún más. Un por fin, sin que sobre el por.

Lo sé, existe.
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Licenciado en medicina con blog donde cuenta historias interesantes ocurridas con los pacientes, curiosidades médicas...te unes? No números, nombres!

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