miércoles, 20 de enero de 2016

- ¡Pase Juan! -dijimos al unísono-.

Él miraba tímido a través de la puerta entre abierta, indeciso desde el pasillo. Nosotros le invitábamos desde la consulta (servicio de oncología).  Juan tenía unos 50 años, estatura media y con la típica curva abdominal que (por desgracia) desarrollamos los hombres con los años; vestía americana marrón, camisa oscura y pantalones vaqueros.  Un hombre que transmitía seguridad y sobre todo, mucha formalidad, un gracias, por favor, perdón o de nada.

- ¿Se puede?
- ¡Sí, pase! -volvimos al unísono-.

Entró saludando con la mano a media altura, acompañado con una sonri…perdón, con un atrezo de sonrisa.  De esas que sueles intentar, de esas que los ojos traducen, contradicen y terminan por desvestir la tristeza.  Juan no era un paciente oncológico, era un familiar de una paciente oncológica, o mejor dicho, el familiar más especial de esa ex-paciente oncológica.  Tras unos cinco pasos, dejó el abrigo en una de las sillas de la consulta y se sentó en la de al lado.  Acto seguido, miró a la doctora y a la enfermera y volvió a esbozar su atrezo de sonrisa.

En esa habitación estábamos la doctora (una eminencia especialista en oncología pulmonar), una enfermera del servicio (otra eminencia de la enfermería centrada en oncología) y yo (un intento de esbozo de borrador de croquis de neumólogo).  Me encantaría que lo imaginaseis, es importante, dos sillas frente a una mesa típica de médico donde se sientan los pacientes/familiares, y al otro lado, otras tres sillas donde estábamos (empezando por la izquierda), la doctora, yo y la enfermera.  Ambos tres vestidos con el pijama reglamentario del hospital, sólo con la diferencia de que ellas iban de blanco y bata y yo de verde y bata, nada más.  Ambos tres llevábamos fonendo, ambos tres portábamos un cuadernito para apuntar “nuestrascosas” y ambos tres teníamos el bolígrafo o los bolígrafos pinzados en el bolsillo superior de la bata.

Tras unos largos segundos de cruce de miradas, de nosotros hacia él y de él hacia nosotros…

- ¿Qué tal estás Juan? -Voz cálida y pausada de mi doctora-.
- Pues no muy bien doctora…-esta vez, su atrezo empezó a desmoronarse, empapado-.

Él arrancó a llorar, humedeciendo toda esa seguridad y entereza que parecía portar en el quicio de la puerta.  La verdad, lágrimas desconsoladas buscando ningún camino.  Algunas incluso servían de “zoom”, amplificaban la tristeza en sus ojos marrón oscuro.  Él no intentaba secarlas con las manos con los típicos gestos, sus manos apoyadas en la mesa, paralizadas, parecían derramar lágrimas también.  Tras pocos segundos, tanto la doctora (a mi izquierda), como la enfermera (a mi derecha) lanzaron sus manos buscando a las de Juan. Yo reconozco que me quedé petrificado, desconocía la historia y no me lo esperé.  La enfermera agarró la mano y el brazo izquierdo de él y la doctora la mano y el brazo derecho.  A pesar de ello, Juan seguía derrochando lágrimas.  Ni las palabras de ánimo de ambas, ni las caricias totalmente dedicadas, ni tampoco las súplicas de un “no llores” consiguieron aplacarle el llanto durante unos minutos.  Tanto es así que, ellas también comenzaron a llorar lágrimas con remite allí presente.  Mis compañeras se contagiaron de la pena de aquel hombre, como si al tocarle, se hubiese creado una especie de red de compasión en forma de lágrimas de empatía.  Yo seguía (lo sigo reconociendo) un poco en estado de shock, no podía dejar de mirar a aquel hombre derrotado. 

- Gracias, perdonadme…-Primeras palabras de Juan tras cesar el llanto-.

Mis compañeras seguían acariciándole, una por cada flanco de la mesa, él con la mirada agachada, también derrotada.  La enfermera le recordó que ahora tenía una hija de corta edad por la que luchar, la doctora le animó a ello, esta última le aconsejó que debía apoyarse en toda su familia, la enfermera le animó a ello…la una le daba ánimos, la otra le daba ánimos, la otra le deba ánimos y la una también lo hacía….la una….la otra….juntas….
Poco a poco Juan se fue recomponiendo.

- De verdad, disculpadme, es que entrar aquí me hace recordar todo, todo el esfuerzo que hemos hecho para al final…-pausó, miró al suelo- Pero no podía reprimirme las ganas de venir a agradeceros a ambas, todo el cariño que nos disteis a mi mujer y a mí. Gracias, de verdad…

Yo seguía mirando a aquel hombre derrotado, derrotado por haber sido derrotada su esposa frente al cáncer sólo unos días antes.

Juan se levantó, cogió su abrigo, volvió a mirar a mis compañeras y estas aún con ojos húmedos se dispusieron a darle un abrazo…ambas… Tras ambas muestras de cariño me miró y con un cálido “gracias” me dio la mano.  Después, abrió la puerta lentamente y aquel hombre se marchó, no sin antes, desde el umbral, volverse para de nuevo, dedicarnos una mirada y un adiós.

Ya sin Juan en la consulta, reinó el silencio durante unos minutos.  La doctora cogió un pañuelo para secarse sus ojos (el show debía continuar), le cedió otro a la enfermera que también hizo lo propio.  Ambas se apretaron la mano en señal de “tenemos que continuar, ¡compañera!”.



- Esta es la grandeza y a la vez la injusticia de nuestro trabajo -con voz consternada, le dijo la una a la otra-.
Sí…es una pena…-con voz consternada, le dijo la otra a la una-.


Y ahora disculpadme, pero es que se me ha “olvidado” poner las diferencias entre médicas/os y enfermeras/os…


5 comentarios:

Dr. Desastre dijo...

No quería empañar la historia con el por qué de este post, he preferido ponerlo como auto-comentario.
En los últimos meses me he “cansado” de ver cómo personas de la farándula, ahora pacientes aquejados de alguna triste patología, dedicaban cartas de agradecimiento exclusivamente al personal de enfermería que les había cuidado. Pero no sólo se quedaban ahí (ya que hasta aquí me hubiese parecido realmente perfecto), sino que hacían una comparativa entre la enfermería y los médicos, no saliendo muy bien parado el gremio al que pertenezco. En esas cartas de “agradecimiento” nos han tachado de insensibles, fríos, antipáticos, inhumanos, “máquinas”, bordes, altaneros y afirmando también que nosotros JAMÁS (también en mayúsculas) tendríamos la calidad humana que poseía una enfermera/o. Posteriormente, estas cartas de “agradecimiento” eran compartidas en modo “viral” en redes sociales, con comentarios de (ALGUNOS) compañeros del gremio de la enfermería que, sinceramente, me hieren como médico.

Lo siento, pero yo no veo tales diferencias y JAMÁS me vais a convencer de lo contrario, yo he visto a médicos malísimos y fríos pero es que también he visto a enfermeras/os malísimas/os y frías/íos. Hay de todo, porque así tiene que ser.

Y lo que debe ser siempre, por encima de cualquier cosa, es el paciente, nuestro paciente. Yo sin la enfermería no soy nada, y la enfermería sin mi tampoco lo es. Dejemos atrás prejuicios de que unos somos más que otros o de que los otros son más que unos, eso era antes y no debe existir ahora.

Y para resaltar que ambos somos iguales, como muestra sirva mi historia.

Gracias por leerme :)

UL, Charlie & cía dijo...

Me gusta. Me encanta. Y me dan ganas de mandarle un abrazo fuerte a Juan...
No sé si puedo decir mucho más.


PD: La anécdota "graciosa" de mis pensamientos: Por un momento, antes de leer la entrada (no sé por qué... ) pensaba que el paciente no iba a ser conocido y que te iban a tratar a ti de "doctor" y siendo las otras dos mujeres que iban a ser reconodidas como "enfermeras"... jaja, será por la de veces que después de ir a una habitación, completar anamnesis, explorar... bla bla bla... el paciente que corresponda dice "ya cuando venga el médico..." y yo miro a un lado... al otro a ver si es que hay otro médico esocndido por ahí detrás... jaja

PD2: Creo que teníamos algo pendiente por ahí, no?? jaja Es que se me pasan los días y no me doy cuenta!!

Ángela dijo...

Querido compañero, me ha encantado tu entrada. Y te contaré mi experiencia personal además, tan reciente, que me he visto en esa historia.
Tengo 25 años, soy auxiliar de enfermería y trabajo en la unidad pediátrica del hospital de Getafe, donde puedo decir orgullosqmente que luchamos por trabajar en equipo cada día. Hasta ahí, todo correcto. Hace dos años y medio, me toco probar la otra cara, a mi madre le diagnostican un tumor hepático irresecable y empezamos con quimio en el mismo hospital donde yo trabajo. En estos dos años y medio me he encontrado de todo, desde compañeros (médicos, enfermeros, auxiliares, celadores, limpiadores, administrativos...) que (seas del gremio o no) se desviven por ti y "compañeros" que te tratan con desprecio y malas caras. En plenas Navidades mi madre empeora y es ingresada en la planta de Oncología, donde me encuentro a un equipo maravilloso que te dan todo el cariño desde el minuto cero, personal que se desvive por atenderte en condiciones a pesar de no ser especialistas en oncología (no hay oncólogo de guardia, se encargan los geriatras) y viendo que mi madre se ponía muy malita, en un estado de semiinconciencia y muy agitada, pedimos que le seden, y la médico de turno (oncóloga en este caso, y no es por juzgar a nadie) se lava las manos a las 3 de la tarde dice que se llame al de guardia si se agita más. Evidenteme, a última hora de la tarde hay que llamar al de guardia porque la agitación es tal, que se intenta tirar de la cama y está muy asustada, acudió una geriatra maravillosa que no sólo pautó la sedación sino que nos tranquilizó a los familiares. Un día después, siendo ya 31 de diciembre, mi madre fallece tranquila, sin dolor, dormida, sin agonizar y sin sufrimiento que es lo que queríamos. Acude de nuevo una geriatra a certificar la muerte, que se preocupó mucho por nosotros. El equipo de enfermería, acude a preparar el cuerpo ya sin vida de mi madre, con todo el amor del mundo. Y nos dan todo su cariño y su apoyo hasta el momento de abandonar la unidad.
Quiero decirte con todo esto, que evidentemente, hay de todo, sino el mundo sería muy aburrido. Pero que como profesionales, tenemos que tener en cuenta que con nuestras diferencias los que sufren son el paciente y sus familiares.

DraMM dijo...

Simplemente impresionante... Me ha emocionado mucho.
Un saludo

Divulgador dijo...

¿Sabes porque esta historia me mueve?

Porque parece derrumbar un mito sobre como llevamos los medicos y las enfermeras a los pacientes terminales. En urgencias por ejemplo la despersonalizacion de los pacientes que mueren... El no sentir para no llevartelos cargando...

Quiza sea imposible... pero aqui se rompe un estereotipo

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Licenciado en medicina con blog donde cuenta historias interesantes ocurridas con los pacientes, curiosidades médicas...te unes? No números, nombres!

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