domingo, 23 de agosto de 2015

Ahora que sigo en "shock" por mi última guardia voy a aprovechar y escribirte.  Lo reconozco, te estoy utilizando de pañuelo de lágrimas, ya sean reales o virtuales. Con fines terapéuticos diría yo.  No esperes que suenen bien mis palabras, tras 24 horas trabajando mi hemisferio derecho se encuentra algo marchito y el izquierdo te va a escupir palabras.

Una guardia realmente de sensaciones, de esas que te hacen "evolucionar" como médico, no ya en cuanto a conocimientos (que también), si no de eso que llaman experiencia.  La experiencia es un grado, el diablo sabe más por viejo que por diablo, yo tengo más experiencia que tú (y sé más que tú...)...te lo habrán dicho miles de veces. Vale, bien.  Yo incluso hoy me atrevo a ponerle una letrita indefensa más... experiencia(s).  De mil maneras han comenzado esas experiencias: "Neumo? Mira era para comentarte un paciente...", "Hola mira, te llamo de cirugía...", "Jesús, soy de Interna, ¿te importaría venir a ver un paciente?", "Jesús porfa, tienes otro ingreso y tiene mucho dolor..."... Entre capítulo y capítulo se colaba la publicidad, los típicos cambios de intravenoso a oral y de oral a intravenoso, de subir y bajar oxígeno o de controlar que tu ancianita adorable de la 436 no se quitase la mascarilla...me lleva por el camino de la amargura, pero me quedo embobado cuando me habla.

Hoy he vuelto a toparme con esa que siempre viste de negro, de la que algunos llaman destino y aceptan y otros maldicen y maldicen al que la creó.  Me sigo sin acostumbrar a ello, a ver cómo coge de la mano a un paciente y poco a poco se lo va llevando, lo va apagando, lo va poniendo a cero.  Me sigo sin acostumbrar a ver gente llorar delante de mí, a ver sus caras de angustia cuando les dices que no se puede hacer nada más, que no está respondiendo al tratamiento o que... está muy malito.  Tampoco me acostumbro a cuando en el punto y final, se recomponen y te dedican un gracias más una sonrisa de escaparate.  Qué amargo.  No os podéis imaginar la mezcla de sensaciones que es hablar con una familia destrozada...aparentar seguridad y entereza (eres el médico, por favor) cuando en realidad estás muerto de miedo y quieres llorar incluso más que ellos.  Les abrazarías y las lágrimas serían bipolares.

Lo siento, pero no me acostumbro.  Pero, ¿Sabéis qué? No, no quiero acostumbrarme.  No quiero perder esa "sensibilidad" y que ver irse a un paciente me resulte casi normal... no quiero.  Me niego.  Aunque luego me quede con cara de imbécil y en mi cabeza resuenen mil por qués.

Hoy ha habido un hecho que me ha mostrado de nuevo el lado feo de mi profesión.  Sólo un gesto.
Terminar de "despedir" a una habitación, quitarme los guantes azules de protocolo y en menos de 10 segundos tener que volvérmelos a poner porque otro paciente me requería.  Sin anestesia, sin asimilar lo anterior...en shock.  Me miré las manos una y otra vez para asegurarme que iban a ser otros guantes.

Pese a todo, sigo amando mi profesión.
El show debe continuar.
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Licenciado en medicina con blog donde cuenta historias interesantes ocurridas con los pacientes, curiosidades médicas...te unes? No números, nombres!

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